Lewis Carroll se encontraba una vez en vagón de tren con una señora y su hijita, que venía leyendo "Alicia
en el país de las maravillas". Cuando la niña cerró el libro, él se puso a hablar con ella acerca de la
historia; también se unió la madre a la conversación. Sin saber que su interlocutor era el autor de la
obra, la mujer comentó: "¿No es triste lo del pobre Sr. Carroll? Se volvió loco, sabe...". "¿De veras?
-preguntó el autor- nunca había escuchado eso". "Oh, yo le aseguro que es cierto, me lo contó alguien de
quien no se puede dudar". Antes de separarse de ella, Carroll obtuvo permiso para enviarle un regalo a la
niña, quien pocos días después recibió un ejemplar de "A través del espejo" con la dedicatoria: "Del autor,
como recuerdo de un viaje agradable".
La Reina Victoria de Inglaterra era muy aficionada a Alicia en el país de las maravillas, la conocida
novela del escritor y catedrático universitario Lewis Carroll. Envió una carta a dicho autor comentándole
que le encantaría leer otras obras escritas por él. Carroll, encantado, le envió un ejemplar de su
Compendio de geometría algebraica plana.
La farsa de Isaac Bickerstaff fue un hecho muy comentado y polémico a principio del siglo XVIII. En Gran
Bretaña vivía entonces un famoso astrólogo, John Partridge, que se ganó la antipatía del escritor Jonathan
Swift por sus referencias críticas a la Iglesia de Inglaterra, de la que Swift era clérigo. Swift se
inventó un personaje falso llamado Isaac Bickerstaff, que utilizó para publicar una serie de predicciones
para el año siguiente, entre las que se incluía la muerte de John Partridge. Partridge desmintió las
predicciones de Bickerstaff, afirmando que se trataba de un profetilla de poca monta en busca de fama. El
día para el que había predicho la muerte de Partridge, Bickerstaff publicó una carta supuestamente anónima,
anunciando la muerte del astrólogo. Partridge intentó convencer a todos de que seguía vivo, sin éxito, ya
que dicha carta había sido publicada en diversos periódicos y varios escritores de renombre se habían hecho
eco de ella. El nombre de Partridge fue retirado del registro, y sus seguidores se apresuraron a lamentar
su fallecimiento, produciendo una disminución significativa de popularidad y el fin de su carrera. Entre
las razones que daba Bickerstaff/Swift para demostrar la muerte de Partridge estaba que era “…imposible
que ningún hombre vivo pudiera haber escrito tanta bazofia”.
El conocido humorista británico Alan Coren, decidido a publicar un libro, buscó consejo entre sus amigos
editores y conocedores de la profesión, quienes coincidían en que los libros que mejor acogida tenían entre
el público eran los que versaban sobre gatos, golf o nazis. Enseguida, Coren reunió varios de sus
artículos y los publicó bajo el título Golf para gatos. Su portada mostraba un gato con uniforme nazi, con
un palo de golf entre sus patas.
Tras la muerte de Antón Chéjov, los empleados del tren que habrían de repatriar su cadáver confundieron el
ataúd con una carga normal, por lo que colgaron un letrero en la caja donde se podía leer: 'Ostras
frescas'.
La escritora estadounidense Elizabeth Cox (autora de obras como Night Talk, The Ragged Way, o People Fall
Out of Love) frecuentemente obtenía inspiración para sus historias de sus propios sueños. Soñaba con temas,
conversaciones, imágenes que luego servirían para sus relatos; se levantaba a media noche y lo apuntaba
para no olvidarlo al día siguiente. Una noche soñó con una historia completa: un niño en una silla de
ruedas, y un hombre en la cárcel, elementos que se fueron desarrollando hasta crear un discurso completo.
Y justo antes de despertarse para apuntarlo todo, una voz en el sueño dijo: “Y esta historia es de
Chéjov”.
En 1984, las librerías pusieron a la venta una nueva novela del autor Richard Bachman, llamada Thinner
(publicado en España como Maleficio). Un lector del Gremio Literario estadounidense describió el estilo del
libro como “lo que escribiría Stephen King, si Stephen King supiera escribir”. Al autor esto le hizo mucha
gracia, ya que, como cualquier fan sabe, Richard Bachman es el pseudónimo con el que firma algunas de sus
obras Stephen King.
Un joven poeta se acerca a Borges en la calle. Deja en manos del escritor su primer libro.Borges agradece
y le pregunta cuál es el título. "Con la patria adentro", responde el joven. -"Pero qué incomodidad,
amigo, qué incomodidad".
El escritor argentino Héctor Bianciotti recuerda una de las tantas salidas elegantes de Borges, cuando
le incomodaban los halagos de la gente: Ocurre en París, en un estudio de televisión.
"¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores del siglo?", lo interrogan.
"Es que este", evalúa Borges, "ha sido un siglo muy mediocre".
Borges firma ejemplares en una librería del Centro. Un joven se acerca con Ficciones y le dice:
"Maestro, usted es inmortal". Borges le contesta: "Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista".
En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en aprietos a Jorge Luis Borges. Como no lo
lograba, finalmente probó con algo que le pareció más provocativo: "¿En su país todavía hay caníbales?"
"Ya no - contestó aquél -, nos los comimos a todos."
Lewis Carroll se encontraba una vez en vagón de tren con una señora y su hijita, que venía leyendo "Alicia en el país de las maravillas". Cuando la niña cerró el libro, él se puso a hablar con ella acerca de la historia; también se unió la madre a la conversación. Sin saber que su interlocutor era el autor de la obra, la mujer comentó: "¿No es triste lo del pobre Sr. Carroll? Se volvió loco, sabe...". "¿De veras? -preguntó el autor- nunca había escuchado eso". "Oh, yo le aseguro que es cierto, me lo contó alguien de quien no se puede dudar". Antes de separarse de ella, Carroll obtuvo permiso para enviarle un regalo a la niña, quien pocos días después recibió un ejemplar de "A través del espejo" con la dedicatoria: "Del autor, como recuerdo de un viaje agradable".
La Reina Victoria de Inglaterra era muy aficionada a Alicia en el país de las maravillas, la conocida novela del escritor y catedrático universitario Lewis Carroll. Envió una carta a dicho autor comentándole que le encantaría leer otras obras escritas por él. Carroll, encantado, le envió un ejemplar de su Compendio de geometría algebraica plana.
La farsa de Isaac Bickerstaff fue un hecho muy comentado y polémico a principio del siglo XVIII. En Gran Bretaña vivía entonces un famoso astrólogo, John Partridge, que se ganó la antipatía del escritor Jonathan Swift por sus referencias críticas a la Iglesia de Inglaterra, de la que Swift era clérigo. Swift se inventó un personaje falso llamado Isaac Bickerstaff, que utilizó para publicar una serie de predicciones para el año siguiente, entre las que se incluía la muerte de John Partridge. Partridge desmintió las predicciones de Bickerstaff, afirmando que se trataba de un profetilla de poca monta en busca de fama. El día para el que había predicho la muerte de Partridge, Bickerstaff publicó una carta supuestamente anónima, anunciando la muerte del astrólogo. Partridge intentó convencer a todos de que seguía vivo, sin éxito, ya que dicha carta había sido publicada en diversos periódicos y varios escritores de renombre se habían hecho eco de ella. El nombre de Partridge fue retirado del registro, y sus seguidores se apresuraron a lamentar su fallecimiento, produciendo una disminución significativa de popularidad y el fin de su carrera. Entre las razones que daba Bickerstaff/Swift para demostrar la muerte de Partridge estaba que era “…imposible que ningún hombre vivo pudiera haber escrito tanta bazofia”.
El conocido humorista británico Alan Coren, decidido a publicar un libro, buscó consejo entre sus amigos editores y conocedores de la profesión, quienes coincidían en que los libros que mejor acogida tenían entre el público eran los que versaban sobre gatos, golf o nazis. Enseguida, Coren reunió varios de sus artículos y los publicó bajo el título Golf para gatos. Su portada mostraba un gato con uniforme nazi, con un palo de golf entre sus patas.
Tras la muerte de Antón Chéjov, los empleados del tren que habrían de repatriar su cadáver confundieron el ataúd con una carga normal, por lo que colgaron un letrero en la caja donde se podía leer: 'Ostras frescas'.
La escritora estadounidense Elizabeth Cox (autora de obras como Night Talk, The Ragged Way, o People Fall Out of Love) frecuentemente obtenía inspiración para sus historias de sus propios sueños. Soñaba con temas, conversaciones, imágenes que luego servirían para sus relatos; se levantaba a media noche y lo apuntaba para no olvidarlo al día siguiente. Una noche soñó con una historia completa: un niño en una silla de ruedas, y un hombre en la cárcel, elementos que se fueron desarrollando hasta crear un discurso completo. Y justo antes de despertarse para apuntarlo todo, una voz en el sueño dijo: “Y esta historia es de Chéjov”.
En 1984, las librerías pusieron a la venta una nueva novela del autor Richard Bachman, llamada Thinner (publicado en España como Maleficio). Un lector del Gremio Literario estadounidense describió el estilo del libro como “lo que escribiría Stephen King, si Stephen King supiera escribir”. Al autor esto le hizo mucha gracia, ya que, como cualquier fan sabe, Richard Bachman es el pseudónimo con el que firma algunas de sus obras Stephen King.
Un joven poeta se acerca a Borges en la calle. Deja en manos del escritor su primer libro.Borges agradece y le pregunta cuál es el título. "Con la patria adentro", responde el joven. -"Pero qué incomodidad, amigo, qué incomodidad".
El escritor argentino Héctor Bianciotti recuerda una de las tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los halagos de la gente: Ocurre en París, en un estudio de televisión. "¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores del siglo?", lo interrogan. "Es que este", evalúa Borges, "ha sido un siglo muy mediocre".
Borges firma ejemplares en una librería del Centro. Un joven se acerca con Ficciones y le dice: "Maestro, usted es inmortal". Borges le contesta: "Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista".
En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en aprietos a Jorge Luis Borges. Como no lo lograba, finalmente probó con algo que le pareció más provocativo: "¿En su país todavía hay caníbales?" "Ya no - contestó aquél -, nos los comimos a todos."